Leónid giró la silla, alarmado por el nombre que Lilian gritó, y entonces la ve caer. Olvidó su propio dolor y se levantó de la silla para ayudarla y que no cayera al piso; prácticamente corrió hacia ella. Lilian se quedó petrificada; no comprendía cómo dos personas que se aman con esa locura no están juntos.
—¡Valeria! —susurró Leónid con voz temblorosa—. Te tengo.
Ella abrió los ojos y sus lágrimas comenzaron a brotar de nuevo.
—Leonid yo… —él negó—. Es que, debo decirte algo…
—¡Suéltala! —la