Valeria observaba a su padre dormir bajo la luz aséptica y fría de la Unidad de Cuidados Intensivos del hospital Monte Sinaí. El sonido rítmico y monótono del respirador artificial llenaba el silencio de la pequeña cubícula, recordándole que la vida de Jorge Montenegro dependía ahora de cables y pantallas. Ella repasaba mentalmente sus últimas palabras, sintiendo que en ese momento las cosas se habían complicado mucho más que en otros tiempos.
Había hecho una promesa a un hombre en su lecho de