El grito de Valeria no fue un sonido agudo, fue un chillido ahogado, un crujido del alma que se quedó atrapado en su garganta mientras retrocedía hasta que su espalda chocó contra la fría madera de la mesa. Sus manos, las mismas que ayer mezclaban pigmentos de maquillaje, empezaron a temblar con una violencia que no podía controlar. Nunca había visto la muerte tan de cerca, de una forma tan cruda y cruel. El cadáver de Maggy, con la garganta abierta y los ojos fijos en un cielo que ya no podía