Lyon entró en la cabaña cargando el aroma del pino recién cortado y el frío de la montaña. La discusión con Maggy todavía le zumbaba en los oídos, pero no por deseo, sino por la claridad que le había dado. No quería ser una distracción, ni un secreto, ni mucho menos una segunda opción guardada en una caja de cristal en los Alpes. Él quería ser el hombre que borrara el rastro de Leonid Volkov de la piel y el alma de Valeria.
Nada más cruzar el umbral, el estruendo de unos pasos infantiles rompió