El ruido de las hélices del helicóptero era un martilleo incesante que resonaba en el cráneo de Valeria, pero no era nada comparado con el estruendo de sus propios pensamientos. Se encontraba ovillada en el asiento trasero de la aeronave, con Liam finalmente dormido en el regazo de Malcolm. El niño, agotado por el terror y la madrugada, descansaba ajeno a la carnicería que habían dejado atrás en los Alpes.
Valeria no podía dejar de temblar. El frío de la altitud se filtraba por la bata de seda