Leonid observaba detenidamente el llavero de Valeria, sentado en el mismo sillón de la mañana en la suntuosa suite. Lo paseaba entre sus dedos como si fuese la moneda de un mago, dejando que el metal frío rozara su piel. Pensaba en el momento en el que la tuviera enfrente, pero la imagen se empañaba con el recuerdo de haberla visto besarse con aquel hombre. Sabía que era ella, la conocía tan bien que, incluso, en ese mismo momento podía oler su perfume tal como lo haría cuando se encontraba en