Sofía introdujo las llaves en la puerta de su casa cuando escuchó la voz de Arturo a sus espaldas y se giró nerviosa. Sofía se quedó inmóvil al reconocer la voz y ese odioso apodo que tanto le repugnaba. Se volvió despacio, para enfrentarse al hombre que le hablaba y entonces supo que era verdad. Arturo estaba ahí, a unos cuantos metros de distancia, el rostro parcialmente cubierto por las sombras, solo sus ojos brillaban en la luz de la luna con triunfo malévolo. Parecía haber surgido de la no