Una idea peligrosa.
Alexander buscó su mirada, y ella no se la negó. Se dejó perder por completo en la miel de esos ojos que la contemplaban con una adoración tan pura que le hicieron flaquear el control por unos segundos. En ese instante de cercanía absoluta, un pensamiento intrusivo la golpeó: nunca en su vida había besado los labios de otro hombre que no fueran los de Sebastián. Jamás. Y de pronto, una punzante curiosidad la invadió. Quería experimentar. Necesitaba saber si existía la más mínima posibilidad de