Sin derechos.
—El muy cobarde colgó —se quejó Sebastián, apretando el aparato con tanta fuerza que sus nudillos se tornaron blancos.
Kateryn, al notar que Leo había cortado a tiempo, sintió que el alma le volvía al cuerpo por un milisegundo, pero el alivio fue sepultado de inmediato por la indignación. Se levantó de la silla de un salto, con los ojos azules encendidos en pura rabia.
—¡Pero qué diablos, Sebastián! —reclamó ella, estirando el brazo con brusquedad para intentar quitarle el teléfono.
Sin e