Retando a mi jefe.
Veinte minutos después, la cena transcurría con éxito. Sara, disculpándose con el cliente, se levantó para ir al baño. Al salir al pasillo de los tocadores, una figura imponente le bloqueó el paso. Era Sebastián.
—¿Qué demonios hacen ustedes dos aquí, Sara? —la cuestionó con voz ronca y amenazante, impidiéndole el paso.
Sara no se intimidó. Sostuvo la mirada del hombre que una vez fue su jefe y su amigo, dedicándole una sonrisa cargada de desprecio.
—No tengo por qué darte explicaciones,