El único gavilán.
—Sebastián… —gimió Kateryn en un hilo de voz, intentando interrumpir el despliegue de besos ardientes y devoradores que Sebastián dejaba sobre su pecho desnudado.
—No… No digas nada —ordenó él con un susurro ronco, áspero y cargado de una posesividad salvaje.
Extendió su enorme mano para secar con delicadeza la última lágrima que temblaba en los ojos de Kateryn, atrapando el azul de su mirada. Esas pupilas eran el cielo perfecto en el que él siempre deseaba emprender el vuelo; pero era una