Dos horas más tarde, mientras disfrutaban de un postre local en una terraza con vista al agua, el celular de Alexander vibró sobre la mesa. La pantalla mostraba el nombre de Sebastián.
Alex atendió la llamada con tranquilidad, limitándose a escuchar la voz ruda y autoritaria de su cuñado al otro lado de la línea. Tras unos breves segundos, colgó el teléfono con una sonrisa divertida y miró a Kateryn de reojo.
—Debemos volver —le dijo con tono jocoso, guardando el aparato—. Sebastián está e