POV: Vivienne
Londres amaneció gris. Un gris plomizo, serio, judicial.
Vivienne Delacroix-Salib ajustó el cuello de su gabardina Burberry mientras subía los escalones del Tribunal Superior de Justicia en el Strand.
No estaba sola.
A su lado caminaba Sir Arthur Pendelton, el abogado más despiadado en litigios internacionales de familia y fraude. Un hombre que cobraba mil libras la hora por destruir vidas con papel timbrado.
—¿Está segura, Madame Delacroix? —preguntó Sir Arthur, deteniéndose antes de las puertas giratorias—. Una vez que presentemos esto, no hay vuelta atrás. Será una declaración de guerra nuclear.
Vivienne miró la fachada gótica del tribunal.
Recordó el día que firmó la renuncia de sus hijos. Recordó la mano de Khalid sobre su hombro, apretando hasta dejar marca. Recordó la sensación de asfixia.
—La guerra empezó hace tres años, Arthur —dijo ella, con una calma que helaba la lluvia—. Yo solo vengo a tirar la primera bomba.
Entraron.
El proceso fue anticlimático. Burocrá