POV: Layla
La caja de seguridad número 404 del Banco Privado de Dubái era un ataúd de acero.
Layla Amara Al-Qasimi introdujo la llave de oro de su abuela.
El mecanismo giró con un chasquido suave, aceitado, caro.
Layla contuvo la respiración.
Había entrado al banco usando su apellido por última vez. Los guardias la habían saludado con reverencia, sin saber que la mujer tras el velo negro ya no era una princesa, sino una desterrada.
Extrajo la caja metálica.
La llevó a la cabina privada. Cerró la puerta.
Sus manos, enfundadas en guantes de algodón blanco para no dejar huellas, levantaron la tapa.
Dentro, sobre terciopelo azul, descansaba un solo documento.
El original.
Layla lo había robado de la biblioteca de su padre el día que descubrió la verdad, antes de confrontarlos con las copias. Sabía que las copias no eran suficientes para un tribunal penal. Necesitaban la tinta. Necesitaban el análisis caligráfico.
Lo sacó.
El papel era grueso, con marca de agua oficial del Ministerio.
Layl