La galería Qasr Al-Fan estaba cerrada al público.
Las luces principales estaban apagadas.
Solo quedaban encendidos los focos de suelo que iluminaban las esculturas, proyectando sombras largas y dramáticas contra los muros blancos.
Parecía una catedral moderna.
O una cripta de lujo.
Yo llegué la última.
Sera me había dejado en la puerta trasera, para que no nos vieran entrar juntas.
Empujé la puerta de servicio.
El aire acondicionado estaba bajo. Hacía frío.
Caminé hacia el salón principal.
El sonido de mis tacones resonaba en el vacío. Clac. Clac. Clac.
Y entonces, las vi.
Estaban de pie en círculo, alrededor de la escultura de la caligrafía retorcida.
Cuatro mujeres.
Cuatro historias rotas.
Cuatro armas cargadas.
Vivienne. Estaba sentada en un banco de terciopelo, con la espalda tan recta que parecía doler. Llevaba un traje gris marengo. Irradiaba una dignidad antigua, triste y regia. Era la Reina Madre en el exilio. La Ley.
Sera. Estaba de pie, apoyada contra una columna, fumando un