Volví al penthouse.
Era tarde. Khalid no estaba.
Mejor.
Me encerré en mi antiguo estudio.
Era una habitación que Khalid llamaba "la sala de manualidades de Catalina".
Estaba llena de polvo.
Hacía meses que no entraba.
Encendí la lámpara de arquitecto. La luz blanca y fría iluminó la mesa de dibujo vacía.
Saqué una hoja grande de papel vegetal.
Saqué mis rotuladores calibrados.
0.2 mm. 0.4 mm. 0.8 mm.
El olor a tinta me calmó. Era el olor de la lógica.
No dibujé un edificio.
Escribí nombres.
Vivienne.
Sera.
Layla.
Zara.
Y al final, en el centro... Catalina.
Miré los nombres.
Durante horas, solo habían sido historias tristes. Tragedias individuales.
Pero mi cerebro no funciona con emociones. Funciona con patrones.
Empecé a trazar líneas.
—Vivienne —murmuré—. La base legal. La madre.
Escribí debajo de su nombre: Custodia. Legitimidad. Pasado.
—Layla —continué—. La fachada social. El honor.
Escribí: Reputación. Conexiones. Tierra.
—Sera —el rotulador chirrió contra el papel—. La estructur