Esta vez, no hubo mansiones. Ni galerías de arte.
Sera condujo hasta Deira.
La parte antigua. La parte real.
Donde viven los trabajadores que construyen los sueños de otros.
Subimos tres pisos por una escalera estrecha que olía a curry y humedad.
Sera tocó una puerta de metal despintada.
—No te asustes si grita —susurró Sera.
La puerta se abrió solo unos centímetros. Una cadena de seguridad brilló en la oscuridad.
Un ojo marrón, grande y asustado, nos miró.
—¿Sera? —preguntó una voz temblorosa.