Esta vez, no hubo mansiones. Ni galerías de arte.
Sera condujo hasta Deira.
La parte antigua. La parte real.
Donde viven los trabajadores que construyen los sueños de otros.
Subimos tres pisos por una escalera estrecha que olía a curry y humedad.
Sera tocó una puerta de metal despintada.
—No te asustes si grita —susurró Sera.
La puerta se abrió solo unos centímetros. Una cadena de seguridad brilló en la oscuridad.
Un ojo marrón, grande y asustado, nos miró.
—¿Sera? —preguntó una voz temblorosa.
—Soy yo, Zara. Abre. Traigo a la arquitecta.
La cadena cayó.
Entramos en un apartamento del tamaño de mi vestidor.
Hacía calor. Un ventilador de pie zumbaba agónicamente en la esquina.
Pero lo que llenaba el espacio no eran muebles. Eran cables.
Monitores. Torres de CPU abiertas con las entrañas al aire. Pantallas brillando con códigos verdes y azules.
En medio del caos tecnológico, estaba ella.
Zara Okonkwo-Silva.
No podía tener más de veintidós años.
Era menuda. Con el cabello rizado recogido