POV: Catalina
La Barceloneta olía a sal y a libertad.
Habíamos caminado desde el Palacio de Congresos hasta la playa. Mis tacones colgaban de mis dedos y el dobladillo de mi vestido azul noche arrastraba por la arena fría.
Dante caminaba a mi lado.
No me llevaba de la mano. No me guiaba.
Simplemente estaba ahí. Caminando al mismo ritmo, respetando mi espacio, pero lo suficientemente cerca para que yo sintiera su gravedad.
Nos sentamos en la arena, cerca de la orilla, donde el Mediterráneo lamía la tierra con un susurro constante.
Lejano, muy lejano, quedaba el Golfo Pérsico. Lejano quedaba el calor asfixiante y el lujo de mármol.
Aquí, la oscuridad era amable.
Dante se quitó la chaqueta del esmoquin y la puso sobre mis hombros.
—Hace frío —dijo.
—Me gusta el frío —respondí, ajustándome la chaqueta. Olía a él. A madera y a tinta—. Me hace sentir despierta.
Miramos al mar.
Durante un rato, nadie dijo nada. Pero no era un silencio incómodo. Era un silencio lleno de cosas que ya no hacía