54. Arruinada

Segundos después el fiscal asiente para que los oficiales muevan a un Gerardo completamente pálido.

Altagracia se toma de las manos, en ningún instante quitándole la mirada de encima. El rostro de Gerardo se vuelve incrédulo, paralizado, sin comprender no lo que está sucediendo, sino lo que ella acaba de decir.

—Enfrentarás la ley —no se le había escuchado a Ignacio tan satisfecho con sus palabras—. Quién lo diría, ¿Cierto?

—Maldito infeliz. ¿Qué fue lo que hiciste? —Gerardo usa su fuerza
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