53. El dolor como único guía
La señora Aleida no pierde tiempo en acercarse a Altagracia cuando Azucena, sin dejar de estar sorprendida, sale de la finca hacia el patio.
—¿Qué es lo que sucede, hija? ¿Qué hace Gerardo aquí? ¿Te reconoció?
—¡No! —Altagracia se aparta de la ventana. Oculta el cuerpo tras la columna—. No. Él no me reconoció. Sólo que —no está preparada para decirle algo así a su abuela. Mucho menos lo que “pasó.” Lleva la mano al rostro—. Probablemente crea que siga viva y por eso vino hacia aquí.
—Pero escuc