Mikel sonrió con un toque de seducción implícito que no supo disimular, buscando la mirada de Isabella que se mantenía inmóvil con una mano sobre el hombro del guardia de seguridad, y la otra en la mano de James, apretándola con tanta fuerza que sus nudillos blanquearon como un papel.
James hubiera querido borrarle la estúpida sonrisa de la cara a Wolf, ¡Cómo era tan descarado de pavonearse con Isabella después de haber dejado su propio hijo en cualquier parte!
«¡Es un idiota!», pensó, « Cómo