Pronto llegaron a la cabaña, estaba descuidada y apenas si se mantenía en pie. La madera podrida en varios tramos, y el techo a medio caer, le daba un aspecto ruinoso y peligroso.
Isabella se llevó la mano al pecho en cuanto la vio, sintiendo un temor indescifrable por la integridad de su hijo.
— ¡Oh, Dios mío! Mikel, ¿Cómo vamos a sacarlo de ahí?
— Primero debemos saber si está en la cabaña, aunque…
— Aunque, ¿qué?
— No lo sé, Elisa, mira cómo está, no creo que Astrid se atreviera a entrar ahí