—Es tu culpa. —soltó, acusándolo por tenerla de esa forma.
Una gruesa risa embargada de deseo se escuchó al mismo tiempo en que el dedo que antes le torturaba se introdujo en ella con más rapidez, arrebatándole un jadeo en el que se entremezclaban el placer y la sorpresa. El dedo inició un vaivén de adentro hacia afuera, y Hana reprimió cualquier gemido que pudiera soltar.
La boca de la Omega se abrió, sin poder respirar correctamente. Adrien la observó y una corriente de placer atravesó su sis