Mundo de ficçãoIniciar sessão
La muerte es la puerta
a la inmortalidad. Maximilien Robespierre. Prólogo La primera sensación es el frío. Intenso. Tanto que me quema los pulmones. Las náuseas que siguen son insoportables. Pero no puedo vomitar. Literalmente no puedo hacerlo, no tengo cuerpo. Estoy flotando en un espacio vacío, tan vacío y oscuro que no veo nada, pero al mismo tiempo sé que está ahí. Siento la mirada de alguien a lo lejos, que me mira fijamente. Como si esperara que hiciera algo, pero no sé qué es. No sé si es real o si mi mente, fragmentada y sin nombre, lo inventa como punto de partida. Pero está ahí. Penetrante. Una mirada que emana el frío que siento, una mirada que no viene de este vacio superficial, sino de algo más profundo. Abro los ojos. Otra vez. No sé cuántas veces llevo haciendo esto. Llegar. Flotar. Despertar. Respirar en un cuerpo que no reconozco. Mi cuerpo. ¿Debería llamarlo así? No, sé que no es mío. Lo siento en los huesos, en la forma en que tiembla mi voz cuando trato de hablar por primera vez, en mis pies cuando intento dar un paso. No es mio. Curiosamente siempre es de la misma edad, o al menos similar. Siempre es un chico de unos dieciocho años. Distintos rostros, distintas vidas… pero la misma sensación: que estoy invadiendo algo que no me pertenece. Y no sé por qué. No recuerdo haber decidido esto. No recuerdo nada antes de cada despertar, en realidad. Solo tengo esa certeza muda: he vivido antes. Muchas veces. Lo sé. Lo siento. Pero no puedo demostrarlo ya que no tengo recuerdos de ello. A veces llegan destellos. Una risa, el olor a pan. El roce de una cicatriz en mi brazo que no está. Una palabra en un idioma que no aprendí. El suave tocar de una mujer, la sensación de amar. Esas cosas me asaltan sin permiso, como si alguien más respirara dentro de mí… o como si yo fuera el eco de alguien que ya no existe. He saltado. Lo sé porque lo siento. Porque siento algo en mí que se ha roto y se ha vuelto a armar. Ese es mi don, o mi maldición: puedo viajar entre realidades. Puedo elegir el momento en que salto, pero no el destino. Eso está fuera de mi control. Es como caer desde una altura absurda sin saber dónde terminará el impacto. Y lo peor no es el salto, es mi destino. Es verdad, al llegar soy completamente funcional. Sé caminar. Sé hablar. Sé lo que un ser humano debería saber. Pero no sé quién soy… O, mejor dicho, quien es el dueño de este cuerpo… De estos recuerdos… No tengo un nombre, solo es prestado. Solo cuerpos prestados… Solo vidas ajenas. A veces puedo ver quién era la persona antes de mí. Solo fragmentos. Una madre que canta. Un amigo que traiciona. Un amor que se pierde. Y cuando los veo, sé que esa persona existió de verdad. Que sintió, que vivió, que tenía un camino, un sueño... hasta que llegué yo. No sé si los mato. No sé si aún están aquí, en algún rincón, observando mientras hablo con su voz. Y cuanto más intento recordar mi historia… mi mente más se hunde en la niebla. Es como si algo me lo impidiera. Como si una fuerza inmensa estuviera empeñada en mantenerme ignorante... O tal vez sea yo. Tal vez la culpa me lo impida… No lo sé, y honestamente no quiero saberlo. A veces me pregunto si estoy escapando de algo. O si todo esto tiene un propósito que olvidé. Pero no hay respuestas. Solo silencio. Y esta vez, un nuevo mundo. Un cuerpo que respira. Un corazón que no es mío. Un destino que aun no entiendo. Y así comienza todo, otra vez.






