La luz dorada del amanecer comenzó a filtrarse por los arcos de la ventana, pintando las sábanas de seda de un tono cálido y revelando las marcas que la noche de pasión había dejado en nuestras pieles. El palacio apenas empezaba a despertar, pero dentro de mi habitación, el fuego seguía tan vivo como pocas horas atrás.
No quise que la noche terminara, y él tampoco. En la penumbra de la mañana, me posicioné sobre él, montándolo con lentitud mientras Cem sostenía mis caderas con sus manos firmes,