Mundo ficciónIniciar sesiónLa luz dorada del amanecer comenzó a filtrarse por los arcos de la ventana, pintando las sábanas de seda de un tono cálido y revelando las marcas que la noche de pasión había dejado en nuestras pieles. El palacio apenas empezaba a despertar, pero dentro de mi habitación, el fuego seguía tan vivo como pocas horas atrás.
No quise que la noche terminara, y él tampoco. En la penumbra de la mañana, me posicioné sobre él, montándolo con lentitud mientras Cem sostenía mis caderas con sus manos firmes, guiando cada uno de mis movimientos. Su mirada de obsidiana estaba fija en la mía, devorándome, llena de una posesividad que me hacía temblar. Mientras yo me movía sobre su cuerpo, Cem se inclinó hacia adelante, atrapando uno de mis pechos con su boca para chupar mis pezones con una intensidad que me hizo arquear la espalda y soltar un gemido ahogado. El placer se acumuló rápidamente en mi centro, una tensión eléctrica que estalló cuando ambos alcanzamos el clímax al mismo tiempo, jadeando abrazados mientras el sudor pegaba nuestros cuerpos.
Me dejé caer sobre su pecho, escuchando el latido desbocado de su corazón. El silencio de la mañana trajo consigo el peso de la realidad, apagando la bruma del deseo.
Cem me apartó suavemente, levantándose de la cama con una gracia depredadora para colocarse los pantalones negros. Antes de cruzar la puerta secreta que conectaba con sus aposentos, se detuvo y me miró de reojo.
—Te veo esta noche, Mariposa. Prepárate —dijo con su habitual voz de mando, como si lo que acababa de pasar fuera simplemente un decreto real más.
Esas palabras me devolvieron la conciencia de golpe. Me senté en la cama, cubriéndome el pecho con la sábana rasgada, sintiendo el peso de la culpa aplastarme las costillas.
—No, Cem. Esto tiene que terminar —dije, y mi voz sonó más rota de lo que pretendía—. Lo que hacemos es un pecado. Dios nos va a castigar. Tú eres mi cuñado, el hermano mayor del hombre con el que me casé. Y no solo eso... estás casado. Tienes una Gran Sultana que te espera en su cama.
Cem se detuvo en seco. Su espalda se tensó y, en un par de pasos rápidos, cruzó la habitación hasta quedar frente a mí. Me tomó de la quijada con una fuerza brutal, obligándome a levantar el rostro. Sus dedos rígidos se clavaron en mi piel, haciéndome daño, mientras sus ojos ardían con una furia gélida.
—Mírate bien, Amira —siseó, su aliento golpeando mi rostro—. ¿Hablas de pecado ahora? ¿Después de cómo gritabas mi nombre hace unos minutos? Dime la verdad... ¿Acaso deseas a mi hermano? ¿Deseas que Zaid despierte de esa cama para que sea él quien te toque?
La acusación me dolió en el alma. Ver a Zaid en ese estado me causaba compasión, pero el único hombre que hacía arder mi cuerpo era el que me sostenía el rostro en ese momento.
—¡No! —negué con la cabeza, intentando zafarme de su agarre, con los ojos empañados por la impotencia—. Sabes perfectamente que no es eso.
Cem suavizó un poco la presión de sus dedos, pero no me soltó. En lugar de eso, acortó la distancia y me besó con una fuerza desesperada, un beso que me arrebató el aliento y acalló todas mis protestas, recordándole a mi propio cuerpo a quién le pertenecía. Cuando se separó, sus labios rozaron los míos mientras me dedicaba una última mirada cargada de una dominación absoluta.
—Entonces no vuelvas a hablar de él ni de las leyes de este palacio cuando estás conmigo —sentenció, su voz ronca vibrando con un poder indiscutible—. Ya veremos qué pasa después con el consejo y con mi esposa. Pero ahora... ahora eres mía, Amira. Solo mía.
Me soltó y salió de la habitación sin mirar atrás, dejándome sola con el eco de sus palabras y la certeza de que, aunque estuviéramos cavando nuestra propia tumba en el desierto, ya era demasiado tarde para dar marcha atrás.







