Mientras Joseph se dirigía a una pequeña caseta que había en la parte trasera, George se encaminó hacia el interior de la fábrica.
El miedo le recorría las venas y temía lo peor. Aquel llanto, le erizaba la piel.
La gran cantidad de películas de terror que había visto en su vida, le hacían sentir que el llanto de un bebé en plena noche, en un sitio abandonado, no era sinónimo de buena suerte, estaba totalmente alejado de ser un buen augurio.
Sin embargo, su intriga podía más que sus temores