Los días pasaron y Joseph, cada día, dormía menos. Eso había comenzado a preocupar a Mary, la mujer que, básicamente, lo había criado.
—Eileen —le dijo en un momento en el que ambas se encontraron a solas en la cocina—, ¿no crees que esto se le está yendo de las manos?
—Lo sé, pero ¿qué puedo hacer? Llevo una semana intentando hacerle entender que él no tiene la culpa. Pero está obcecado.
—Si sigue así, terminará hospitalizado —repuso Mary con gesto de preocupación.
—Pues, tú lo conoces más qu