—Déjame a solas, por favor —le pidió Joseph a Eileen.
Se sentía desfallecer. No sabía qué diablos pensar. ¿Toda su maldit4 vida había sido una completa mentira?
¿Qué era verdad y qué no de todo lo que sus padres le habían dicho?
«Eso, si es que ellos son mis padres», pensó con pesar.
Sin embargo, eso era una de las más pequeñas de sus preocupaciones.
Por culpa de su afán de saber si los trillizos eran sus hijos o no, por culpa de sus dudas hacia las palabras de Eileen, había dejado la clín