Capítulo 38. Las sospechas de Aletta
—No confíes ni en una sola palabra que salga de la boca de ese hombre, Adrian.
La voz de Aletta descendió, casi en un susurro, pero el temblor contenido que se filtraba en ella era imposible de ocultar.
Adrian se quedó inmóvil en el umbral del comedor. Al otro lado de la mesa, el doctor Thomas permanecía tranquilo, sus dedos ágiles doblaban el estetoscopio y lo guardaban en su maletín de cuero con una precisión que, en lugar de tranquilizar, erizaba la piel de Aletta.
Las gafas de montura dorad