Capítulo 21. La trampa del lobo
—Deja de respirar. ¡Ahora!
Adrian aferró el brazo de Aletta con tanta fuerza que sus uñas se hundieron en la piel de la mujer.
Dentro del coche que surcaba la noche, Adrian no miró a Aletta. Mantuvo la vista fija en la carretera, con los ojos congelados, indiferente al miedo que palidecía el rostro de su secretaria.
—Si tu sangre llega a manos del médico del abuelo mañana por la mañana, estamos acabados —siseó—. Interpreta tu papel hasta que sientas que los huesos se te quiebran.
En cuanto el c