Capítulo 20. La pared agrietada
El abuelo Anderson arrojó la carpeta sobre la mesa. Los papeles se deslizaron y se detuvieron justo frente a los dedos de Adrian.
—Felicidades, Adrian —dijo el anciano con sequedad—. Ese niño es de tu sangre.
Adrian no se movió. Permaneció de pie, mirando a su abuelo con unos ojos que no reflejaban nada: vacíos, fríos y desafiantes.
A su lado, Aletta mantuvo la respiración estable. Sabía que un mínimo movimiento, una inhalación demasiado profunda, bastaría para destruir la farsa.
Se quedó rígid