Mundo ficciónIniciar sesión—La mañana siguiente trajo una extraña calma al penthouse. Lucía se levantó tarde y encontró la cocina vacía. Adrián ya había salido temprano hacia la oficina de Nexus Corp.
Preparó un desayuno ligero y se sentó frente a la ventana. La ciudad parecía moverse a toda velocidad mientras ella se sentía estancada en sus propios pensamientos. El recuerdo de las palabras de Adrián la noche anterior aún resonaba en su mente.
Decidió sumergirse en el trabajo. Abrió su laptop en la terraza y revisó los informes del equipo. Echo había completado una nueva fase de pruebas durante la noche. Los resultados eran impresionantes. El sistema no solo analizaba datos. Ahora podía predecir reacciones emocionales con mayor precisión.
Su teléfono vibró sobre la mesa. Era un mensaje de Adrián.
—Reúnete conmigo en la oficina central a las tres. Quiero ver una demostración de Echo.
Lucía sintió un nudo en el estómago. Demostrar el proyecto frente a él siempre la ponía nerviosa. Especialmente ahora que el sistema parecía conocer sus secretos mejor que nadie.
Llegó a las oficinas de Nexus Corp puntualmente. El edificio era imponente y moderno. Todos la saludaban con respeto porque sabían que era la esposa del jefe.
Adrián la esperaba en la sala de conferencias privada. Vestía camisa blanca con las mangas ligeramente arremangadas. Se veía concentrado y atractivo como siempre.
—Empecemos —dijo él sin preámbulos—. Muéstrame qué ha avanzado tu equipo.
Lucía conectó su laptop al proyector. Explicó cada módulo con voz clara y profesional. Adrián escuchaba atentamente y hacía preguntas precisas.
Cuando llegó el momento de la prueba en vivo, Lucía cargó una grabación reciente de voz de Adrián. El sistema analizó los patrones durante unos segundos. El resultado apareció en grande en la pantalla.
"Alta inteligencia emocional oculta. Miedo a la vulnerabilidad. Búsqueda de conexión auténtica."
Adrián se quedó en silencio. Miró la pantalla con el ceño fruncido. Luego giró la cabeza hacia Lucía.
—¿Esto es exacto? —preguntó con voz baja—. ¿O solo es un programa que adivina?
Lucía tragó saliva.
—Es un análisis basado en datos reales. Echo no adivina. Aprende.
Adrián se levantó y caminó lentamente alrededor de la mesa. Se detuvo detrás de la silla de Lucía. Su presencia era abrumadora.
—A veces me pregunto si tú entiendes mejor que nadie lo que ese programa dice de mí —murmuró cerca de su oído.
Lucía sintió un escalofrío recorrer su espalda. No se atrevió a girarse. Mantuvo la mirada fija en la pantalla.
—Solo es tecnología —respondió ella con voz temblorosa—. Nada más.
Adrián colocó una mano sobre su hombro por un segundo. Luego se alejó. El momento pasó, pero el aire seguía cargado.
Terminaron la reunión y salieron juntos del edificio. El chofer los esperaba. Durante el trayecto de regreso, ninguno dijo una palabra.
Al llegar al penthouse, Adrián se aflojó la corbata.
—Cena conmigo esta noche. Solo nosotros dos. Sin eventos. Sin máscaras.
Lucía lo miró sorprendida. Era la primera vez que él proponía algo así.
—Está bien —aceptó ella—. Prepararé algo simple.
Mientras cocinaba, Lucía sentía las manos temblorosas. Adrián apareció en la cocina y se ofreció a ayudar. Era un gesto tan inusual que ella casi dejó caer el cuchillo.
Conversaron sobre temas ligeros. Del trabajo. Del clima. De la ciudad. Pero debajo de cada palabra había algo más profundo.
Después de la cena, se sentaron en la sala con una copa de vino. La luz era tenue y la atmósfera íntima.
Adrián la miró fijamente.
—Lucía, ¿alguna vez has sentido que conoces a alguien de otra vida?
Ella bajó la mirada. Su corazón latía desbocado.
—Tal vez —respondió con cuidado—. Hay personas que aparecen en nuestra vida por una razón.
Adrián se inclinó hacia adelante.
—Siento que tú eres una de esas personas. Aunque no logro entender por qué.
Lucía quiso hablar. Quiso confesar todo allí mismo. Pero las palabras se quedaron atrapadas en su garganta.
Se levantó bruscamente.
—Es tarde. Debería descansar.
Adrián no la detuvo. Solo la observó caminar hacia su habitación con una expresión pensativa.
Una vez sola, Lucía se apoyó contra la puerta cerrada. Las lágrimas rodaron por sus mejillas en silencio.
—No sé cuánto tiempo más podré guardar este secreto —pensó con dolor.
Fuera, Adrián permaneció sentado en la sala durante largo rato. Miraba la ciudad oscura mientras un recuerdo borroso de Londres regresaba a su mente.
Poco a poco, las piezas comenzaban a moverse. Y ninguno de los dos podía detener lo que se avecinaba.







