—El penthouse se sumió en un silencio tan profundo que Lucía podía oír el tictac del reloj en la pared. Adrián permanecía de espaldas a ella, su espalda rígida como una estatua de mármol. Los minutos pasaron, y ninguno de los dos se movió.
Finalmente, Lucía dio un paso adelante. Su voz era apenas un susurro.
—Adrián, por favor, dime algo.
Él no se volvió. Cuando habló, su voz sonó extraña, distante.
—¿Cuánto tiempo has sabido la verdad sobre tu familia?
Lucía sintió que el aire se escapaba de s