Capítulo 5

—La noche llegó más rápido de lo que Lucía esperaba. Se miró en el espejo del vestidor mientras terminaba de arreglarse. El vestido azul oscuro que había elegido caía suavemente sobre su cuerpo y resaltaba su figura sin ser demasiado llamativo.

Adrián la esperaba en la sala principal. Vestía un traje negro impecable y revisaba su teléfono con el ceño fruncido. Cuando levantó la vista y la vio, algo cambió en su expresión por un breve instante.

—Estás hermosa —dijo él con voz neutral—. Pero no te acostumbres a los halagos. Es solo parte del papel.

Lucía sonrió con ironía y tomó su bolso.

—Por supuesto. Nunca esperaría algo diferente de ti.

El evento privado se celebraba en una mansión exclusiva en las afueras de la ciudad. Solo asistían socios importantes y algunos amigos cercanos de Adrián. El ambiente era más relajado que la noche anterior, pero igualmente lleno de miradas curiosas.

Adrián la guiaba con la mano en su espalda baja. Conversaba con facilidad sobre negocios y mercado global. Lucía permanecía a su lado, interpretando el papel de esposa perfecta.

En un momento de la velada, una mujer rubia y elegante se acercó a ellos. Era una antigua conocida de Adrián. Sus ojos se posaron en Lucía con evidente curiosidad.

—Adrián, querido. Cuánto tiempo. Y tú debes ser la misteriosa esposa de la que todos hablan.

Lucía extendió la mano con educación.

—Lucía Ramírez. Un placer.

La mujer sonrió, pero su mirada era afilada.

—Debes ser muy especial para haber atrapado a Adrián Navarro. Él nunca había durado tanto con nadie.

Adrián tensó la mandíbula.

—Cuidado, Sofía. Mi esposa no es un tema de conversación.

La mujer se retiró con una risa ligera, pero sus palabras quedaron flotando en el aire. Lucía sintió una mezcla de incomodidad y algo parecido a celos.

Más tarde, caminaron por el jardín iluminado de la mansión. El aire fresco de la noche les rodeaba. Adrián parecía más callado de lo habitual.

—¿Te molesta lo que dijo esa mujer? —preguntó él de repente—. No le prestes atención. Solo le gusta provocar.

Lucía se detuvo junto a una fuente.

—No me molesta. Solo me hace pensar en nuestro acuerdo. ¿Cuánto tiempo más pretendemos que esto sea real?

Adrián se colocó frente a ella. La luz de la luna iluminaba su rostro anguloso. Sus ojos oscuros la miraban con intensidad.

—A veces olvido que es un contrato —confesó en voz baja—. Tres años viviendo bajo el mismo techo crean costumbres extrañas.

Lucía sintió que su corazón se aceleraba. Quería contarle todo. Quería decirle que ella era la razón por la que él seguía vivo. Pero el miedo la paralizaba.

—Deberíamos regresar —murmuró ella—. Todavía hay gente esperándote.

Adrián no se movió. Levantó una mano y acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja de Lucía. El gesto fue sorprendentemente suave.

—¿Alguna vez has salvado la vida de alguien, Lucía? —preguntó él de pronto—. Yo sí. O más bien, alguien salvó la mía. Y nunca pude agradecerle.

Lucía contuvo la respiración. Sus ojos se llenaron de lágrimas que apenas logró controlar.

—Tal vez esa persona solo quería que vivieras —respondió con voz temblorosa—. Y que fueras feliz.

Adrián la miró con mayor atención. Por un momento pareció que iba a preguntar más. Pero un invitado los llamó desde lejos y rompió el instante.

De regreso al penthouse, el silencio en el auto era diferente. Más cargado. Más íntimo. Lucía miraba por la ventanilla mientras intentaba calmar sus emociones.

Al llegar, Adrián se quitó el saco y lo dejó sobre una silla.

—¿Quieres una copa antes de dormir?

Lucía negó con la cabeza.

—Estoy cansada. Gracias.

Sin embargo, antes de que pudiera entrar a su habitación, Adrián la detuvo suavemente por el brazo.

—Lucía. Si algún día decides contarme lo que escondes, aquí estaré.

Ella lo miró a los ojos durante varios segundos. Luego se soltó con delicadeza y cerró la puerta de su habitación.

Una vez sola, se dejó caer sobre la cama. Las lágrimas que había contenido toda la noche finalmente salieron.

—No puedo seguir así —pensó con dolor—. Pero tampoco puedo perderlo.

Abrió su laptop y activó Echo. El sistema analizó su propia voz grabada minutos antes. El resultado apareció en la pantalla.

"Apego profundo. Miedo intenso a la pérdida. Amor no confesado."

Lucía apagó el equipo y se cubrió el rostro con las manos.

El secreto ya pesaba demasiado. Y Adrián comenzaba a acercarse peligrosamente a la verdad.

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