Las cadenas en sus muñecas pesaban; con gran dificultad seguía la espalda de su captor mientras era empujada por una de las más fieles de la Sacra Corona. Su hombro sangraba: hacía dos días que la herida se le había abierto después de intentar huir de la habitación al enterarse de que la única persona con la que contaba ahí adentro había escapado.
«Espero que nunca la encuentren», pensó. Pero aquella intención le había costado muy cara. Con Darío hecho un demonio por lo ocurrido, se había desqu