—¿Crees que con eso voy a desistir de lo que quiero? —se rió el Capo de la Sacra Corona, mirando a sus hombres para que estos también rieran—. Livia es mía. Fuiste tú quien me la quitaste, y por eso pagarás muy alto ese error. No soy tu peón, no te tengo miedo y no voy a ceder a lo que me pides.
Matteo no esperaba que cambiara de opinión; su intención era verlo a la cara mientras se juraba destruirlo por siquiera pensar, por un instante, que podía tocar lo suyo.
—Quiero ver cómo lo intentas. No