Livia
Furiosa, lo empujé con fuerza. ¿Cómo se atrevía a jugar conmigo de esa forma? Me había llevado a ese estado de desenfreno solo para dejarme con todas las hormonas alborotadas. Sentí mis mejillas arder, una mezcla de vergüenza e indignación. Me levanté del sofá y caminé apresurada hacia las escaleras. No quería verle, no tenía el valor de mirarlo a la cara.
—Livia... —me llamó, pero no giré.
—Livia, ven aquí.
—Vete al puto infierno, Matteo Vescari —solté. Terminé de subir y me encerré en e