Mundo ficciónIniciar sesiónLas rubias encargadas de vigilarme permanecían medio ocultas entre los árboles, mientras yo disfrutaba la tibia brisa del atardecer a orillas del estanque, los pies descalzos en el agua. La cascada se precipitaba por el costado del barranco a sólo diez metros, salpicándome la cara y los brazos.
Ahora que me daban dos comidas por día, y tenía un poco más de energía, me despertaba más temprano, de modo que Kaira había mandado habilitar la puerta de mi madriguera en el torreón. Se abría a







