El camino de regreso desde el arroyo fue silencioso, pero no estaba vacío.
Su mano sostenía la mía, un ancla cálida y firme en la oscuridad. Con cada paso, la esperanza que me había dado dejaba de sentirse como una llama frágil y comenzaba a parecer un ser vivo, un pequeño pájaro latiendo con fuerza dentro de mi pecho.
Pero ese pájaro empezó a entrar en pánico en el momento en que cruzamos el umbral de mi cabaña.
El olor familiar a soledad y tierra húmeda llenó mis pulmones. El silencio aquí er