El silencio en mis habitaciones era un depredador.
Acechaba entre los amplios espacios vacíos, una criatura nacida de mi propia culpa. Las sábanas de seda sobre mi cama se sentían como hielo, los muebles majestuosos se alzaban como lápidas en la oscuridad, y el aroma de mi propia piel —limpia, masculina, alfa— me resultaba ajeno. Aquella era la suite del Alfa, el corazón del poder de la Manada del Lobo Plateado, y se había convertido en mi prisión.
Tres días.
Habían pasado tres días desde que e