Los monjes de la Campana Silenciosa los trataron con una reverencia que rozaba la adoración. Recibieron ropa abrigada, comida sustanciosa y un lugar para descansar en una cámara que se sentía aislada de las penas del mundo. Pero Elara sentía el peso de sus expectativas tanto como su gratitud. Ya no era solo una chica de Oakhaven; era un símbolo, un arma viviente en una guerra que apenas empezaban a comprender.
Antes de que partieran, el Abad Valerius los llevó a un balcón oculto en la parte tra