Las Montañas del Fin del Mundo hacían honor a su nombre. El aire se volvió ralo y mordazmente frío, y el sendero serpenteaba por acantilados escarpados que caían hacia abismos vertiginosos. La grisura que los seguía era una compañera constante, un lobo espectral que les pisaba los talones. Se manifestaba de formas pequeñas e insidiosas: una palabra olvidada, un momento de déjà vu que no conducía a nada, la sensación repentina y discordante de ser un extraño en su propia piel.
Llevaban tres días