La mañana después de la batalla amaneció nítida y despejada, con el aire purificado por el viento de la montaña. El zumbido psíquico había desaparecido, dejando un silencio que se sentía pacífico, no opresivo. La Abadía de las Aguas Serenas atendía sus heridas.
Los hermanos se movían con un propósito tranquilo, vendando maderas astilladas, cuidando a los contusionados y ofreciendo sorbos de agua tibia infundida con hierbas a los Heraldos del Pesar capturados. No había triunfo en sus acciones, s