Bianca los vio salir.
Adriana lo supo en el mismo instante en que cruzó la puerta giratoria del depósito. No necesitó buscarla de inmediato ni confirmar la sospecha con un gesto evidente. Bastó esa presión sutil en la nuca, esa calidad específica de una mirada que intenta pasar inadvertida y, por eso mismo, se vuelve demasiado cuidadosa.
Había aprendido a reconocer ese tipo de vigilancia sin querer. Meses atrás habría pensado que era paranoia. Ahora sabía que, en Mónaco, la paranoia solo era una