El depósito de Mareterra olía a clima controlado y a dinero viejo disfrazado de cultura.
Era el tipo de espacio que Mónaco había aprendido a construir en los últimos años: vidrio y hormigón pulido por fuera, colecciones auténticas por dentro, temperatura fija y un silencio diseñado para convencer a cualquiera de que el arte seguía siendo arte incluso cuando funcionaba como argumento legal. Adriana lo entendió apenas cruzó la recepción del nivel uno. Allí nada estaba puesto para emocionar. Todo e