Bianca llegó al apartamento a las seis y cuarenta y tres de la mañana.
No llamó. Nunca llamaba cuando todavía creía tener derecho a entrar. Usó la copia de la llave que Franco le había dado meses atrás para emergencias operativas del pabellón, una llave que él no había pedido de vuelta porque hacerlo habría exigido una conversación que llevaba demasiado tiempo aplazando. Subió por las escaleras de servicio con una carpeta bajo el brazo y la precisión de quien no improvisa una invasión, sino que