El Registro Civil de Mónaco no tenía la grandeza del Casino ni la solemnidad de Le Rocher.
Era un edificio funcional de La Condamine, de paredes claras, suelo de piedra sin pulir y ventanales que daban a una calle que a las ocho y cuarenta y siete de la mañana todavía no terminaba de llenarse. La sala de actos civiles olía a papel, a tinta de archivo y a ese silencio particular de los lugares donde las decisiones dejan de ser intención y empiezan a tener constancia escrita.
Adriana lo había vis