Gael llegó el jueves a las cuatro.
No llegó con la incomodidad del prometido que no sabe si todavía tiene derecho a entrar en una casa. Llegó con la serenidad de un hombre que lleva tiempo esperando que el tablero se asiente y que sabe, con la certeza de quien fue criado para eso, que el reloj casi siempre favorece a quien tiene más abogados que dudas.
Traía flores.
Eso era nuevo.
Peonías rosas, de las que Beatrice nunca compraba porque le parecían demasiado informales para la villa. El gesto er