Franco cruzó el metro y medio.
No lo hizo de golpe. Primero dio un paso, y ese único movimiento bastó para que la distancia dejara de ser segura. Después levantó la mano hacia el rostro de Adriana con una precisión que no tenía nada de duda y sí mucho de contención. El índice le rozó apenas el borde de la mandíbula antes de que la palma se abriera sobre su mejilla, cálida, firme, con una ternura demasiado intensa para ser simple suavidad.
Adriana no retrocedió.
No necesitó hacerlo.
Se quedó don