La citación llegó de la única manera posible.
Un número de cinco dígitos, escrito a lápiz en el reverso de una factura de lavandería que Eulalia dejó doblada bajo el jabón de la repisa del baño a las siete de la mañana, con la naturalidad de quien hace esa ruta todos los días porque, precisamente, todos los días la hace.
Adriana lo leyó dos veces antes de reconocer la lógica. No era un número de cuenta. Era una hora y una dirección dentro del sistema de puntos que Franco le había enseñado en el